Reflexión
Punto y aparte
No puedo recordar exactamente cuáles fueron sus palabras; sí sé que me hirieron y esa sensación que me provocaron en su momento me vuelve cada vez que recuerdo el episodio. No sé tampoco si las palabras fueron tan desagradables, a lo mejor lo peor fue la forma en que las dijo, o tal vez ni las palabras ni las formas fueron quienes me hirieron realmente, sino de quien provinieron.
Claramente recuerdo, más allá de los sonidos, la mirada de ese hombre, la boca, moviéndose sigilosa e irónicamente hacia adelante, hacia atrás, hacia el costado, en pausa, medio abierta, medio cerrada.
Sus manos acomodando el cabello, fino y suave, hacia un costado, una y otra y otra vez. Y me vuelve en el recuerdo su mirada y esos ojos tibios una vez, fríos entonces. Y me acurruco con mis propios brazos y siento cómo me corre hiel y hielo por la piel, pero las sensaciones se confunden y me río porque recuerdo su sonrisa cálida, la de antes, la que me parecía entrañable y bella. Y me sabe a miel salitre el llanto y el ahogo y sucumbo ante el silencio, ante la certeza de que ya no me mirará de forma alguna esa mirada.
Solo él y yo estábamos en ese momento, nadie más, excepto el vacío infinito oficiando de testigo, el vacío de él, el mío, el del tiempo, el del amor...
Y me devano la mente pensando qué fue lo que no pude darle, que escatimé al entregarme. Sé que no fuiste el único culpable; he sido tu cómplice. ¿Habrá sido otro sabor, otro olor de amor, otra caricia? ¿Cuál de ellas te he negado? ¿Cuál me quedó sin darte? ¿Cuál de todas mis caricias se atrevió a negarse? ¿Fue otro cuerpo el que sedujo tu fidelidad no tan implacable u otra angustia te tentó a consolarle? ¿Qué escena de amor no practicamos, o qué palabras mis labios se negaron a hablarte? ¿Qué silencios no acompañaron los tuyos? ¿Qué será, qué fue lo que no encontraste en mí, lo que mi inconsciente se negó a darte? Mas hoy las preguntas vanas llegan y se alejan. Surge una nueva de repente y, sin explicación, se queda retumbando dando saltos entre las otras y comienza otra vez la rueda que incansable gira sin encontrar rumbo o respuesta que la calme.
Me parece verte llegar hastiado, agotado de tanta angustia, derrumbado de culpa. Huelo aún en el aire esa sensación de sin sabor, menta traicionera que me envuelve y tu rostro entrando, gigante y tenebroso. Y entonces lo supe. Me di cuenta de que era el mismísimo final, ese que se nos había negado hacía poco, y entonces comprendí que era el adiós, ese que nos abrazó a los dos y nos dejó luego de un tiempo, paupérrimos de amor, espantosamente solos. No busquemos culpables, no hay a quién culpar. No se acabó el amor; aunque no es consuelo tampoco saber que el error nos puso un punto y aparte.